Con la aprobación de la primera junta directiva de La Maranya, yo me convertí en miembro del primer equipo de la asociación, con la función de llevar la tesorería.
La primera vez que entré a un casal joven fue en Benicàssim y yo tendría unos 12 o 13 años. Recuerdo que entré para utilizar el messenger de los ordenadores y para chatear con mis amigos. En mi casa no teníamos ni ordenador ni internet. Poco después, cuando se hizo la remodelación del espacio (quedó brutal), fue cuando volví de otra forma. Quizás ya porque era un poco más mayor. Ahí conocí a las diferentes animadoras del proyecto. En este nuevo espacio ya no entraba para utilizar internet. Iba porque era un lugar donde podía encontrarme con mis amigos y amigas y donde podíamos hacer actividades. Principalmente yo estaba en el taller periódico de juegos de mesa y estrategia.
En otros momentos había figuras animativas que trabajaban desde la prudencia. El equipo tenía una relación poli bueno poli malo, versionada, con la que hacían despertar pensamiento crítico en la gente joven. Y pienso que funcionó de maravilla porque comenzamos a hacer más actividades, además de los juegos de mesa. Hicimos cortos, talleres de cocina vegetariana. Incluso, organizamos una fiesta Tuenti con decenas de personas en una plaza, o el minifestival de música en valenciano la Flama. En esta última actividad ya se estaba comenzando a gestar la Maranya, una asociación joven propia, en la que la gente joven autogestionara sin las influencias partidistas (el libre pensamiento). En este momento de nuestra vida, teníamos muchas ganas de demostrar que éramos personas válidas y teníamos la energía para hacer lo que había que hacer: reuniones, estatutos de una nueva asociación, publicidad, papeles para el permiso de obra, encontrar un local… Esto era otro rollo, habíamos pasado de tener un local donde jugar a ser jóvenes-adultos que querían emanciparse.
Con la aprobación de la primera junta directiva de la Maranya, yo me convertí en miembro del primer equipo de la asociación, con la función de llevar la tesorería. Con Esther de presidenta. Esther, Noel, Ricardo, Guille y yo éramos parte del colectivo hacía años y habíamos ido a la escuela juntos, crecido juntos… Gracias a Maranya, yo cultivé una amistad profunda con personas que, aún hoy, son de mi grupo más cercano de amigos, la familia que se elige.
«Pienso que mi suerte debería ser la suerte de muchos más jóvenes en el pueblo»
Recuerdo perfectamente que después de conseguir el local comenzamos con las obras para hacerlo habitable y para unir las dos casas que habíamos alquilado. Había mucha mierda en el patio interior y teníamos que retirar un gran jardín abandonado. Recuerdo esa jornada de trabajo como un día de mucho trabajo físico, pero muy reconfortante. Por desgracia, en ese punto, yo tenía 18 años y me iba a otra ciudad a estudiar Biomedicina, y me alejé físicamente del proyecto. Pero mis amigos continuaban.
Recuerdo perfectamente algunas de las formas de funcionar del centro. Estuvo un tiempo un animador que se llamaba Toni. Pocos meses después los animadores del proyecto con quienes estuve más en contacto eran Víctor y Virginia. En algunos momentos había animadores que eran muy provocadores en la forma de hacer, y eso alentaba a la gente a hacer cosas.
Retrospectivamente, tengo mucho aprecio por toda la experiencia vivida. Cada día ha sido único, el asociacionismo, la Maranya, las personas que he conocido, me han convertido en una persona que se respeta a sí misma por sus principios cívicos, éticos y morales. A pesar de que me fui, siempre me he sentido orgulloso de la Maranya, de lo que hicimos. Siempre me he sentido parte de la casa. Me da mucha pena que el centro juvenil que albergaba se haya cerrado porque pienso que mi suerte debería ser la suerte de muchos más jóvenes en el pueblo.